La escuela ideal

He trabajado en educación de adultos prácticamente toda mi vida profesional. Existe una constante: al revisar las practicas docentes, ya sea en el ámbito de la escuela o como capacitador en una organización, resulta inevitable que las personas hagan referencia a sus experiencias como alumnos, traten de tomar de ellas sus mejores recuerdos e intenten reproducir aquellas estrategias que para ellos fueron significativas. Cómo experimentaron los docentes la escuela de niños, cómo creen los docentes que la escuela debería ser y cómo trasladan sus experiencias a la práctica marcará el futuro de sus alumnos. Navegando artículos sobre la evaluación en la escuela, encontré una descripción del Secretario de Educación de los Estados Unidos, John King, que sin duda provoca una reflexión sobre las características de la escuela ‘ideal’. Si bien, cada país tiene sus propias cuestiones a analizar y problemas a resolver, la descripción de King pareciera por cierto acercarse, algunas omisiones mediante, a lo que la mayoría de los padres (y alumnos), desearían de la escuela:

La escuela ideal no debe ser necesariamente bonita pero debería estar siempre limpia y bien pintada, los pisos pulcros, los ventanales brillantes. Los adultos deberían tratarla como un templo del aprendizaje, comunicando a los estudiantes, docentes, padres y miembros de la comunidad que lo que allí ocurre es importante y merecedor del máximo de sus esfuerzos. El Director o Directora de la escuela debería también enseñar por lo menos medio tiempo y pasar buena parte del tiempo restante en las aulas observando, de tal manera de poder brindar a sus colegas consejos prácticos sobre cómo mejorar su tarea. Los docentes escribirían el curriculum escolar con el objetivo de preparar a sus alumnos para tener exito luego de la escuela, en la Universidad o en sus carreras. Los docentes asignarían a sus estudiantes tareas que valga la pena desarrollar – desde literatura significativa hasta problemas matemáticos interesantes, uso de documentos originales para estudios sociales y enseñarían ciencias con experimentos reales. El curriculum incluiría música, arte, danzas y educación física. Los alumnos de la escuela ideal serían racialmente diversos, hablarían distintos idiomas y practicarían religiones diferentes. Los hijos de familias económicamente acomodadas, estudiarían codo a codo con alumnos de circunstancias más modestas. Los docentes también serían diversos, de tal manera que los estudiantes pudieran ver personas de color o distinta posición en lugares de autoridad. Un médico, un trabajador social, un psicólogo atenderían, según las necesidades, a los alumnos y a sus familias. La escuela ideal está en un lugar al que los estudiantes quisieran asistir todos los días, los padres se involucran y confían en que sus hijos están bien atendidos y los adultos asumen de manera entusiasta su responsabilidad de hacer todo lo que esté a su alcance en pos de los logros de los alumnos.

Las escuelas deberían por cierto formar ciudadanos libres, capaces de desarrollarse plenamente en lo personal y en lo laboral y con la capacidad de elegir libremente aquello que consideren mejor para sí mismos y para el colectivo. La libertad de tomar decisiones conducentes al bien común está basada sobre todo en el conocimiento y en la educación adquirida. El acceso equitativo, en el amplio sentido a la educación y a compartir en la diversidad, es lo que podrá evitar que las diferencias que nos dividen se acorten en lugar de profundizarse generando un mundo basado en la esperanza de la conciencia de responsabilidad social de quienes más tienen y no en la inclusión que comienza desde la niñez en las vivencias escolares.

El artículo completo en inglés que originó este post puede leerse en:
http://www.theatlantic.com/education/archive/2016/09/the-failing-grade-for-tests/498407/?utm_content=buffer34f1e&utm_medium=social&utm_source=twitter.com&utm_campaign=buffer via @jordosh